Avi miró hacia el cielo. El sol ya se ocultaba por el horizonte. Sin duda, los atardeceres son más bonitos en mitad del océano. Las aguas cristalinas reflejaban la luz del astro dando la sensación de que todo el mar se había vuelto rojo y naranja. Precioso.
La tabla sobre la que flotaba se balanceó un poco por el leve oleaje, aunque en general había sido un día muy tranquilo con las aguas muy calmadas. Pensó con algo muy parecido a la ironía que al final había tenido suerte.
Además del murmullo del agua, las gaviotas almibaraban sus sentidos con cánticos lejanos. A Avi no le habían gustado nunca, sentimiento generalizado al resto de pájaros. Después de todo, era lógico: eran bestias feroces y sin escrúpulos que ya se habían cobrado la vida de demasiados compañeros. Pero, en aquel momento, la muerte no parecía tan desalentadora, y el hecho de escuchar un sonido familiar le daba algo de paz.
Avi rodó sobre la madera, para desentumecerse el cuerpecillo. El toque de su miembro roto la hizo detenerse de dolor. No sabía cuanto tiempo llevaba ahí, perdida en la inmensidad del mar, pero había sido el suficiente para que la tabla se recubriera de una capa verde musgosa, lo bastante seca aún para que no se le adheriera. Días... llevaba allí tendida varios días. Cuando le echaron del barco en el que iba de polizón, recordaba no haberle dado importancia. Para ella, el mundo no era más que un crisol caleidoscópico de imágenes banales. Se limitaba a seguir la labor para la que le habían adiestrado, “era” un eslabón, al que nunca se le había permitido soñar. Ahora, perdido todo el contacto con los suyos, y prácticamente con la vida, era cuando más estaba disfrutando de su cerebro. Se veía a sí misma junto a varias compañeras en el campo, disfrutando del día, echando carreras o contando historias en el césped. Se le daban bien las historias ¿Por qué nunca había hecho ninguna de esas cosas?
Avi se incorporó como pudo por las heridas. Estaba acostumbrada a que la gente se apartara de ella o intentara matarla. Cuando el marino de la barba parda consiguió golpearla, se preguntó porque no acababa con ella. Lo había visto cientos de veces, eran capaces de hacerlo sin escrúpulos. Pero no todas corren la misma suerte, y en su lugar el hombre había decidido echarla al mar en una tabla, esperando sádicamente que muriera de hambre, sed, calor, o una mezcla de todo ello.
El sol ya era sólo un punto brillante. Las aguas rojas habían menguado y sólo quedaban las más próximas al astro, como una gran red roja que estaba siendo recogida. Avi ya había pasado el momento de la desesperación, el de la negación y el pesimismo. Ahora le tocaba morir o vivir, aunque sabía que la muerte tenía más papeletas en este sorteo.
Avi estiró sus alas, se alisó las antenas y se impulsó con sus cinco patas hábiles. Volaría hasta la extenuación, y entonces moriría. Era tan buen plan como cualquier “única opción”. La avispa abandonó la tabla y voló en línea recta.
El mar seguía calmado.
A 32 km de distancia, sobre la proa del “Gatomalán”, Junco Junior Edurno se golpeó la parda barba con la palma de la mano.
- ¡Dichosos insectos!- se quejó-. ¡Ojalá esas gaviotas eliminaran a todos los bichos malos del planeta!
las gaviotas ,as próximas le miraron.
El hombre se llevó la mano al bolsillo y sacó una pipa. Luego, de la pechera sacó una pitillera con varias bolsas.
- El de manzana, el clásico, el de miel... no. Hoy me apetece el de pescado podrido...
Junco volcó parte del contenido de la bolsa en su pipa, encendió una cerilla y la prendió. Tras dos bocanadas, el humo empezó a salir de su extremo ancho y cóncavo. Mientras, dos docenas de ojos amarillos se habían agrupado a su espalda.
- Uffffffff, ¡sí señor! ¡Esto es vida y lo demás no! Uf... ¡por los cielos! ¡Qué bien sienta una buena pipaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa...!
FINAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHL
lunes, 25 de julio de 2011
domingo, 24 de julio de 2011
Tocino 4, capítulo II: La venganza
Basado en hechos reales.
Ken entró al salón vestido con su bañador de flores.
- Comprobado: un baño y dos habitaciones, una con cama de matrimonio y la otra con literas. ¿Cómo va eso?
Oliver y Sarah le miraron, él aún con la caja de cerillas en la mano y el cadáver de un montón de fósforos en el fregadero.
- Es oficial: el calentador no funciona.
- ¿Y cómo me ducharé yo entonces?- preguntó Stacy, en el sofá, pasando de uno en uno los canales de la tele, a cual más borroso y peor sintonizado.
- Cariño, no desesperes. Agua sale- informó Ken-. Agua caliente no.
Stacy se levantó de un salto.
- Van a ser unas vacaciones muyyyy largas…- dijo la chica, pasando de largo a sus compañeros y encerrándose en el cuarto de baño.
Oliver tiró la caja de cerillas contra la papelera.
- No es tu culpa- le suavizó Sarah-. Cuando nos enseñaste las fotos, a todos nos pareció bien.
- Es cierto, colega- siguió Ken-. Anda, siéntate tranquilo mientras te preparo un bocadillo… ¡ah no! Que no tenemos fuego y el microondas no encaja en ningún enchufe…
Oliver saltó contra su compañero. Por suerte, Sarah le detuvo a tiempo.
- ¡Calma Oliver!- dijo la chica-. ¿Y a ti qué te pasa, Ken? Sabes que estas vacaciones son para celebrar tu ascenso en la compañía de catadores de vino. Oliver y todos estamos haciendo lo que podemos para que esto salga bien…
- Está bien está bien…- respondió Ken, conciliador-. Tienes razón. Lo siento, Oliver,
El chico apartó la mirada resentido.
- Me voy a echar la siesta- dijo.
- Te acompaño- dijo Sarah.
- La cama de matrimonio me la pido con Stacy- dijo Ken rápidamente.
Oliver y Sarah se volvieron, furiosos.
- Por favor…
Hacía pocos minutos que Oliver y Sarah habían entrado en la habitación de las literas, y algunos más desde que Stacy entrara en el baño. Ken estaba solo en el salón.
- Me abuuuuurro...- se decía continuamente.
Lo bueno de ser catador profesional es que las cosas menos divertidas de inmediato cobran interés, así que Ken estaba acostumbrado a ocupar sus pensamientos en asuntos sin importancia como en sumar todos los botones del mando a distancia o en golpear el sofá y ver cuánto polvo saltaba. Lo malo era que los olores te afectaban más. Un buen catador sabe que el aparato digestivo y el respiratorio confluyen, y que tener una nariz entrenada es fundamental para sacar todo el partido a los sabores. Por desgracia, él ahora mismo podía saborear a la perfección las sardinazas fritas que los vecinos de abajo cocinaban con esmero y cuyos vapores se filtraban por los deficientes conductos de ventilación del apartamento.
Ken huyó del hedor a su cuarto sin éxito. Casi olía más. Pensó en si debía interrumpir a Oliver y Sarah en la otra habitación, pero se detuvo: después del coñazo que había dado con la cama grande…; sabía como se las gastaba su novia siempre que alguien la interrumpía en la ducha, así que al final se decidió por salir a dar una vuelta. Probó una, dos y cinco veces la cerradura. Alternó llaves, las giró, las retorció hasta que sus nudillo palidecieron, pero no hubo manera: la puerta no respondía. Al trigésimo sexto intento, el chico desistió, atufado por el humo. Luego, miró la terraza, como última vía de escape.
- Acjia acjia... a lo mejor soy capaz de colocar el toldo…
Ken abrió la puerta y se expuso al abrasador calor.
En la ducha, Stacy estaba desesperada. Pasó por alto el agua fría, pasó por alto que el toallero fuera un garfio puntiagudo y oxidado en la pared, pasó por alto que la cisterna tardara treinta minutos en recargarse, e incluso podía entender que la mampara estuviera rota y el plástico abierto hacia dentro… Pero que el pivote para que el agua saliera por la alcachofa estuviera roto hacía prácticamente imposible lavarse.
La chica se enjabonaba como podía mientras con un pie sujetaba el pivote. Había sido una chica autosuficiente durante toda su vida, se había sabido superponer a todas las adversidades y moriría superando problemas.
De repente, el único pie de apoyo de la chica resbaló sobre el champú. El cuerpo de la joven se precipitó contra la rasgada mampara, que con su filo de plástico le seccionó gran parte de la garganta. En medio del reguero de sangre, la chica se incorporó a pulso, utilizando todo el aliento que le restaba en respirar.
La joven puso un pie fuera de la ducha y caminó hacia la puerta. Dos pasos tardó en resbalar con el agua que había estado saliendo de las fugas de la ducha, y medio segundo después su cara acabó ensartada en el toallero. No es broma.
En la habitación de las literas, Oliver y Sarah no podían conciliar el sueño en sus estrechas camas individuales.
- ¿Has oído ese golpe?- preguntó Sarah, en la cama inferior.
- Venía del baño- respondió Oliver, en la cama superior (como habrá adivinado el lector)-. Seguro que Ken ha ido a hacer una visita a Stacy…
- Mm…
- Sarah… siento haber perdido los nervios antes.
- No importa cariño.
- Si no me hubieras apoyado no sé lo que… gracias cielo. Te quiero.
- Yo también te quiero.
El chico se revolvió. La cama crujió.
- Oye, cielo- dijo Oliver entonces.
- ¿Mm?
- Estoy pensando algo. La cama se mueve, está montada con cuerdas y tienes vértigo. Vale, duermes en la de abajo. Pero… si se cae esta cama, ¿no te aplastaría?
Como si hubieran estado esperando la señal adecuada, las cuerdas que mantenían la inestable estructura de la litera se rompieron con un chasquido y todo se precipitó. Oliver cayó rodando por un lateral. Cuando se volvió, el brazo de Sarah, que colgaba de la cama ensangrentado, era la única parte reconociblemente humana del resto de su aplastada y amorfa forma.
- ¡Nooooo!
Oliver salió de la habitación a toda prisa. Tuvo que sujetarse a las paredes para no resbalar con el reguero de sangre que salía del baño. El chico abrió la puerta.
- ¡Nooooo!- gritó al encontrar el cadáver de Stacy.
Oliver caminó a toda prisa por la casa, preguntándose de dónde procedía aquella peste a pescado frito. El chico trató de abrir la puerta con tanta insistencia que el pomo se desprendió. Encerrado. - ¡Nooooo!
El chico sacó el móvil. Sin cobertura.
- ¡Nooooo!
Como último recurso, el muchacho optó por salir a la terraza a pedir ayuda. Colgado como un jamón de los garfios del toldo y con la piel abrasada por el sol, Ken pendía inerte a varios centímetros del suelo.
- …jeje- rió Oliver.
El chico se asomó el balcón. Muy alto para saltar. Sin pensar mucho en ello, descolgó a su compañero y lo echó a la calzada.
- Por fin servirás de algo…- dijo Oliver, dispuesto a usarlo como colchoneta.
El chico saltó, pero calculó mal y aterrizó en el contenedor de agujas usadas que había colocado justo al lado de su portal.
- La mampara estaba rota, varios pomos quitados, las camas caídas, habían quitado el toldo…
En la comisaría, Elvis Hamon, de la agencia de alquileres de pisos Tocino, explicaba a un policía los desperfectos que había encontrado en “Tocino 4” tras la masacre, intentando ocultar su sonrisa malévola.
- Es terrible- respondió un policía-. En verano suelen pasar estas cosas: unos adolescentes alquilan un buen piso y lo malogran con fiestas salvajes. Al final, todo acaba en tragedia. Pero no se preocupe: tendrá usted su indemnización y podrá reparar el apartamento.
Elvis Hamon se deshizo en carcajadas malvadas.
- Jajajajajajjaja… ¡la vida es justa!
Era broma. Los nombres de los personajes y del alojamiento son ficticios.
Ken entró al salón vestido con su bañador de flores.
- Comprobado: un baño y dos habitaciones, una con cama de matrimonio y la otra con literas. ¿Cómo va eso?
Oliver y Sarah le miraron, él aún con la caja de cerillas en la mano y el cadáver de un montón de fósforos en el fregadero.
- Es oficial: el calentador no funciona.
- ¿Y cómo me ducharé yo entonces?- preguntó Stacy, en el sofá, pasando de uno en uno los canales de la tele, a cual más borroso y peor sintonizado.
- Cariño, no desesperes. Agua sale- informó Ken-. Agua caliente no.
Stacy se levantó de un salto.
- Van a ser unas vacaciones muyyyy largas…- dijo la chica, pasando de largo a sus compañeros y encerrándose en el cuarto de baño.
Oliver tiró la caja de cerillas contra la papelera.
- No es tu culpa- le suavizó Sarah-. Cuando nos enseñaste las fotos, a todos nos pareció bien.
- Es cierto, colega- siguió Ken-. Anda, siéntate tranquilo mientras te preparo un bocadillo… ¡ah no! Que no tenemos fuego y el microondas no encaja en ningún enchufe…
Oliver saltó contra su compañero. Por suerte, Sarah le detuvo a tiempo.
- ¡Calma Oliver!- dijo la chica-. ¿Y a ti qué te pasa, Ken? Sabes que estas vacaciones son para celebrar tu ascenso en la compañía de catadores de vino. Oliver y todos estamos haciendo lo que podemos para que esto salga bien…
- Está bien está bien…- respondió Ken, conciliador-. Tienes razón. Lo siento, Oliver,
El chico apartó la mirada resentido.
- Me voy a echar la siesta- dijo.
- Te acompaño- dijo Sarah.
- La cama de matrimonio me la pido con Stacy- dijo Ken rápidamente.
Oliver y Sarah se volvieron, furiosos.
- Por favor…
Hacía pocos minutos que Oliver y Sarah habían entrado en la habitación de las literas, y algunos más desde que Stacy entrara en el baño. Ken estaba solo en el salón.
- Me abuuuuurro...- se decía continuamente.
Lo bueno de ser catador profesional es que las cosas menos divertidas de inmediato cobran interés, así que Ken estaba acostumbrado a ocupar sus pensamientos en asuntos sin importancia como en sumar todos los botones del mando a distancia o en golpear el sofá y ver cuánto polvo saltaba. Lo malo era que los olores te afectaban más. Un buen catador sabe que el aparato digestivo y el respiratorio confluyen, y que tener una nariz entrenada es fundamental para sacar todo el partido a los sabores. Por desgracia, él ahora mismo podía saborear a la perfección las sardinazas fritas que los vecinos de abajo cocinaban con esmero y cuyos vapores se filtraban por los deficientes conductos de ventilación del apartamento.
Ken huyó del hedor a su cuarto sin éxito. Casi olía más. Pensó en si debía interrumpir a Oliver y Sarah en la otra habitación, pero se detuvo: después del coñazo que había dado con la cama grande…; sabía como se las gastaba su novia siempre que alguien la interrumpía en la ducha, así que al final se decidió por salir a dar una vuelta. Probó una, dos y cinco veces la cerradura. Alternó llaves, las giró, las retorció hasta que sus nudillo palidecieron, pero no hubo manera: la puerta no respondía. Al trigésimo sexto intento, el chico desistió, atufado por el humo. Luego, miró la terraza, como última vía de escape.
- Acjia acjia... a lo mejor soy capaz de colocar el toldo…
Ken abrió la puerta y se expuso al abrasador calor.
En la ducha, Stacy estaba desesperada. Pasó por alto el agua fría, pasó por alto que el toallero fuera un garfio puntiagudo y oxidado en la pared, pasó por alto que la cisterna tardara treinta minutos en recargarse, e incluso podía entender que la mampara estuviera rota y el plástico abierto hacia dentro… Pero que el pivote para que el agua saliera por la alcachofa estuviera roto hacía prácticamente imposible lavarse.
La chica se enjabonaba como podía mientras con un pie sujetaba el pivote. Había sido una chica autosuficiente durante toda su vida, se había sabido superponer a todas las adversidades y moriría superando problemas.
De repente, el único pie de apoyo de la chica resbaló sobre el champú. El cuerpo de la joven se precipitó contra la rasgada mampara, que con su filo de plástico le seccionó gran parte de la garganta. En medio del reguero de sangre, la chica se incorporó a pulso, utilizando todo el aliento que le restaba en respirar.
La joven puso un pie fuera de la ducha y caminó hacia la puerta. Dos pasos tardó en resbalar con el agua que había estado saliendo de las fugas de la ducha, y medio segundo después su cara acabó ensartada en el toallero. No es broma.
En la habitación de las literas, Oliver y Sarah no podían conciliar el sueño en sus estrechas camas individuales.
- ¿Has oído ese golpe?- preguntó Sarah, en la cama inferior.
- Venía del baño- respondió Oliver, en la cama superior (como habrá adivinado el lector)-. Seguro que Ken ha ido a hacer una visita a Stacy…
- Mm…
- Sarah… siento haber perdido los nervios antes.
- No importa cariño.
- Si no me hubieras apoyado no sé lo que… gracias cielo. Te quiero.
- Yo también te quiero.
El chico se revolvió. La cama crujió.
- Oye, cielo- dijo Oliver entonces.
- ¿Mm?
- Estoy pensando algo. La cama se mueve, está montada con cuerdas y tienes vértigo. Vale, duermes en la de abajo. Pero… si se cae esta cama, ¿no te aplastaría?
Como si hubieran estado esperando la señal adecuada, las cuerdas que mantenían la inestable estructura de la litera se rompieron con un chasquido y todo se precipitó. Oliver cayó rodando por un lateral. Cuando se volvió, el brazo de Sarah, que colgaba de la cama ensangrentado, era la única parte reconociblemente humana del resto de su aplastada y amorfa forma.
- ¡Nooooo!
Oliver salió de la habitación a toda prisa. Tuvo que sujetarse a las paredes para no resbalar con el reguero de sangre que salía del baño. El chico abrió la puerta.
- ¡Nooooo!- gritó al encontrar el cadáver de Stacy.
Oliver caminó a toda prisa por la casa, preguntándose de dónde procedía aquella peste a pescado frito. El chico trató de abrir la puerta con tanta insistencia que el pomo se desprendió. Encerrado. - ¡Nooooo!
El chico sacó el móvil. Sin cobertura.
- ¡Nooooo!
Como último recurso, el muchacho optó por salir a la terraza a pedir ayuda. Colgado como un jamón de los garfios del toldo y con la piel abrasada por el sol, Ken pendía inerte a varios centímetros del suelo.
- …jeje- rió Oliver.
El chico se asomó el balcón. Muy alto para saltar. Sin pensar mucho en ello, descolgó a su compañero y lo echó a la calzada.
- Por fin servirás de algo…- dijo Oliver, dispuesto a usarlo como colchoneta.
El chico saltó, pero calculó mal y aterrizó en el contenedor de agujas usadas que había colocado justo al lado de su portal.
- La mampara estaba rota, varios pomos quitados, las camas caídas, habían quitado el toldo…
En la comisaría, Elvis Hamon, de la agencia de alquileres de pisos Tocino, explicaba a un policía los desperfectos que había encontrado en “Tocino 4” tras la masacre, intentando ocultar su sonrisa malévola.
- Es terrible- respondió un policía-. En verano suelen pasar estas cosas: unos adolescentes alquilan un buen piso y lo malogran con fiestas salvajes. Al final, todo acaba en tragedia. Pero no se preocupe: tendrá usted su indemnización y podrá reparar el apartamento.
Elvis Hamon se deshizo en carcajadas malvadas.
- Jajajajajajjaja… ¡la vida es justa!
Era broma. Los nombres de los personajes y del alojamiento son ficticios.
sábado, 23 de julio de 2011
Tocino 4, capítulo I: Bienvenidos al infierno
Elvis Hamon llevaba más de veinte minutos contemplándose las palmas de las manos. Para sus enfermos ojos, de ellas aún brotaba la sangre, sangre derramada que no era suya, pero de la que él era responsable. Sonrió, adoptando una mueca histérica.
5 horas antes.
En el oscuro apartamento vacío, la calma fue rota por el sonido de la llave entrando en su cerradura; después por el de varios forcejeos; más tarde, por patadas. Tras doce minutos, la puerta se abrió con un chirriante gemido.
- Puta puerta...
- Tranquilo, Oliver.
Oliver, Sarah, Stacy y Ken entraron en el apartamento en ese orden. La segunda sosegó al primero con un cariñoso abrazo.
- ¿Seguro que es aquí?- preguntó Stacy.
- Sin duda- respondió Oliver, algo molesto porque dudaran de él-. Apartamento “Tocino 4”. No puede ser otro.
- Pues parece distinto al de las fotos.
- Sí- añadió Ken-. El de las fotos era “sencillo”. Este es más “zulo del infierno”.
Ken estaba en lo cierto. El problema de alquilar un apartamento en vacaciones, es que no sabes dónde te vas a meter. Conoces las fotos trucadas y tomadas desde inverosímiles ángulos que un estafotógrafador ha colgado en una web, pero no has visto el sitio al yogur blanco (natural).
El apartamento en sí era angosto hasta el extremo, casi opresor. La mesa y el sofá estaban apilados contra las paredes del comedor, que era una extensión de la cocina, por lo que chocaban contra los fogones.
Oliver, dispuesto a tomarse como algo personal cualquier queja sobre el apartamento, apretó los puños. De inmediato Sarah lo notó y salió en su ayuda.
- Pero no hay duda de que es el mismo. Ahí está la nevera junto a los fogones, el fregadero junto a la freidora...
- Y la tele- añadió Stacy-. Una Mágnum coloseum 12. Mi padre tiene una tienda de electrodomésticos y sé un poco al respecto.
- ¿Dónde?- preguntó Ken.
- ¿Dónde qué?
- La tele. Que dónde está.
- Ahí, en ese rincón.
- ...oh. Creía que era un accesorio de la barby.
- ¡A que te mato!
Oliver arrancó el teléfono de una mesilla y se abalanzó sobre Ken. El chico rodeó el cuello de su amigo con el cable y apretó entre los gritos de sus compañeras. Tras varios segundos de forcejeos, los ojos de Ken se inyectaron de sangre y se descolgó inerte entre los brazos de su asesino, para no volver a levantarse nunca. Es broma. No había teléfono.
- Vale ya, Ken- zanjó Oliver.
Ken asintió.
- Oh... dios... mío...- suspiró Stacy.
- ¿Qué pasa, amiga de la infancia cuyos padres son muy amigos de los míos, que el verano pasado descubrimos que mi padre había tenido una aventura con tu madre hace 20 años, la edad que tenemos, y de lo que dedujimos que somos hermanas pero que no decimos para no romper la estabilidad de nuestras familias?- aprovechó para introducir Sarah.
- El toldo.
- ¿Dónde?- preguntó Ken.
- ¡Por todas partes!
Los chicos miraron al suelo. Ahí, desplegado y despiezado como un pollo apisonado, la tela, los engranajes y todas las barritas de metal que conformaban el techado ocupaban gran parte del suelo.
Oliver levantó la persiana de la terraza. Los dolorosos rayos de un sol de Julio golpearon sus retinas.
- Oh Dios... ¡estoy ciego, estoy ciego!- gritó mientras sus ojos se derretían por entre sus cuencas y caían como una masa blanquecina y amorfa sobre sus desnudas manos. También es broma. Pero el sol picaba.
- Cielo santo...- se quejó Ken-. ¿Cómo quieren que usemos la terraza sin toldo?
- Sólo tenemos que montarlo- opinó Sarah.
- ...¿un trío?
- No. El toldo.
- Bien. ¿Alguien sabe montar un toldo?
Nadie contestó.
- Eso creía. Chicos, va a ser una estancia demasiado larga. Así que yo me suicido.
Ken abrió un cajón, sacó un cuchillo y empezó a apuñalarse en el pecho. La sangre regó sus piernas mientras se doblaba hacia atrás de dolor y caía al suelo entre gemidos, aterrizando en un pegajoso y mortal charco carmesí. Es broma. En cuanto tocó el cajón, el pomo se cayó. Y de todos modos, los de la limpieza habían robado todos los cuchillos.
¿Qué perversiones les ocurrirán a los amigos? ¿Lograrán sobrevivir a Tocino 4? Todo esto y poco (nada) más en: Tocino 4, capítulo II: La venganza.
5 horas antes.
En el oscuro apartamento vacío, la calma fue rota por el sonido de la llave entrando en su cerradura; después por el de varios forcejeos; más tarde, por patadas. Tras doce minutos, la puerta se abrió con un chirriante gemido.
- Puta puerta...
- Tranquilo, Oliver.
Oliver, Sarah, Stacy y Ken entraron en el apartamento en ese orden. La segunda sosegó al primero con un cariñoso abrazo.
- ¿Seguro que es aquí?- preguntó Stacy.
- Sin duda- respondió Oliver, algo molesto porque dudaran de él-. Apartamento “Tocino 4”. No puede ser otro.
- Pues parece distinto al de las fotos.
- Sí- añadió Ken-. El de las fotos era “sencillo”. Este es más “zulo del infierno”.
Ken estaba en lo cierto. El problema de alquilar un apartamento en vacaciones, es que no sabes dónde te vas a meter. Conoces las fotos trucadas y tomadas desde inverosímiles ángulos que un estafotógrafador ha colgado en una web, pero no has visto el sitio al yogur blanco (natural).
El apartamento en sí era angosto hasta el extremo, casi opresor. La mesa y el sofá estaban apilados contra las paredes del comedor, que era una extensión de la cocina, por lo que chocaban contra los fogones.
Oliver, dispuesto a tomarse como algo personal cualquier queja sobre el apartamento, apretó los puños. De inmediato Sarah lo notó y salió en su ayuda.
- Pero no hay duda de que es el mismo. Ahí está la nevera junto a los fogones, el fregadero junto a la freidora...
- Y la tele- añadió Stacy-. Una Mágnum coloseum 12. Mi padre tiene una tienda de electrodomésticos y sé un poco al respecto.
- ¿Dónde?- preguntó Ken.
- ¿Dónde qué?
- La tele. Que dónde está.
- Ahí, en ese rincón.
- ...oh. Creía que era un accesorio de la barby.
- ¡A que te mato!
Oliver arrancó el teléfono de una mesilla y se abalanzó sobre Ken. El chico rodeó el cuello de su amigo con el cable y apretó entre los gritos de sus compañeras. Tras varios segundos de forcejeos, los ojos de Ken se inyectaron de sangre y se descolgó inerte entre los brazos de su asesino, para no volver a levantarse nunca. Es broma. No había teléfono.
- Vale ya, Ken- zanjó Oliver.
Ken asintió.
- Oh... dios... mío...- suspiró Stacy.
- ¿Qué pasa, amiga de la infancia cuyos padres son muy amigos de los míos, que el verano pasado descubrimos que mi padre había tenido una aventura con tu madre hace 20 años, la edad que tenemos, y de lo que dedujimos que somos hermanas pero que no decimos para no romper la estabilidad de nuestras familias?- aprovechó para introducir Sarah.
- El toldo.
- ¿Dónde?- preguntó Ken.
- ¡Por todas partes!
Los chicos miraron al suelo. Ahí, desplegado y despiezado como un pollo apisonado, la tela, los engranajes y todas las barritas de metal que conformaban el techado ocupaban gran parte del suelo.
Oliver levantó la persiana de la terraza. Los dolorosos rayos de un sol de Julio golpearon sus retinas.
- Oh Dios... ¡estoy ciego, estoy ciego!- gritó mientras sus ojos se derretían por entre sus cuencas y caían como una masa blanquecina y amorfa sobre sus desnudas manos. También es broma. Pero el sol picaba.
- Cielo santo...- se quejó Ken-. ¿Cómo quieren que usemos la terraza sin toldo?
- Sólo tenemos que montarlo- opinó Sarah.
- ...¿un trío?
- No. El toldo.
- Bien. ¿Alguien sabe montar un toldo?
Nadie contestó.
- Eso creía. Chicos, va a ser una estancia demasiado larga. Así que yo me suicido.
Ken abrió un cajón, sacó un cuchillo y empezó a apuñalarse en el pecho. La sangre regó sus piernas mientras se doblaba hacia atrás de dolor y caía al suelo entre gemidos, aterrizando en un pegajoso y mortal charco carmesí. Es broma. En cuanto tocó el cajón, el pomo se cayó. Y de todos modos, los de la limpieza habían robado todos los cuchillos.
¿Qué perversiones les ocurrirán a los amigos? ¿Lograrán sobrevivir a Tocino 4? Todo esto y poco (nada) más en: Tocino 4, capítulo II: La venganza.
viernes, 22 de julio de 2011
Margo, el genio cabrón IV
Buenoooo, bueno, bueno. Ante todo, pedir disculpas a los seguidores habituales del blog (así me disculpo poco), ya que entre exámenes y vacaciones, lo hemos tenido abandonado. Pero no os preocupéis, porque no todo han sido ensaladas, gambas y guiris (qué ricos con atún...), también hemos encontrado tiempo para escribir un poquillo. Por eso, es un placer comunicarles que comienza la... -trtrtrtrtrtrtrtrtrtr-: SEMANA DE LAS HISTORIAS VERANIEGAS. Cada día, subiremos una. Básicamente es eso. Así, sin más dilación, les dejo con la primera que, ¿por qué no?, trata de ese genio simpático que a todos gusta, siempre que no nos lo encontremos nosotros. Deseamos sea de su agrado.
Damián Cifuentes era virgen. Había consagrado sus 21 años de edad al estudio y su formación profesional, relacionándose poco. Con vistas a sus exámenes, casi no salía de fiesta, así que las únicas chicas con las que se relacionaba pertenecían a la universidad, y él carecía de la labia necesaria para sacarlas de sus pupitres y llevarlas al catre.
Sacaba unas notas estupendas, pero a él lo que más le hubiera gustado en el mundo era... era... algo tan pervertido sólo se puede decir en argentino: “Ehte.... mojar el churro”.
Un día, tras masajear “al calvo” tres veces seguidas (como experimento fisiológico), salpicó sin querer una extraña lámpara que nunca antes había visto en su escritorio. Cuando recogió con papel higiénico sus minidamianes de la superficie, Margo, el genio cabrón, salió.
- Saludos amo. Soy Margo y te concederé un... un... ¿me has manchado la lámpara?
Damián, estupefacto, asintió aún con el papel en la mano. Margo apretó los puños.
- Venga machote, un deseo- siguió el genio en un tono mucho más brusco, casi amenazante.
Damián miró el papel un segundo.
- Deseo que mi vida sea como una película porno- contestó el muchacho.
Margo sonrió. Sonrió mucho. Fue una sonrisa afilada y cruel, la misma que esboza la guillotina cuando mira abajo y ve la nuca de su condenado. Muy mala muy mala.
- Deseo concedido... machote.
Margo dio cinco palmas con rabia, y tanto él como la lámpara desaparecieron. Damián quedó a solas con sus pervertidos pensamientos.
A la mañana siguiente, Damián no esperó a que sonara el despertador para levantarse. Se vistió raudo y bajó a desayunar como la orina en un incontinente. Aquel sería un buen día, debió pensar, antes de encontrarse al lechero desnudo en el sofá.
- Hola... cielín... ¿quieres... desayunar...?
Damián arrancó una galleta del estante y huyó de casa.
El chico corrió por las vacías calles hasta coger un autobús.
- A la universidad, por favor.
- Es un euro- respondió el conductor-. ¿A no ser que le importe compartir asiento con estas mises a las que llevo...?
Damián volcó la cartera sobre la mano del autobusero.
- ...miss travelos, muahahaha- añadió el hombre, recogido el dinero.
Damián se volvió para ver, efectivamente, todos los asientos ocupados por drack queens.
- ¡Nooooo!
Antes de que las puertas se cerraran, el chico logró escapar de la emboscada.
Damián llegó andando a la universidad igual de virgen, pero más tarde que nunca. Con vacilación entró en su clase. Cuan aliviado se sintió cuando encontró a todas sus compañeras a las que tanto había deseado vestidas con apenas unas transparentes telas.
Ya el chico se aproximaba voraz a una, cuando el profesor le interrumpió.
- ¡Sentaros! Como sabéis, hoy es el día de los intercambios... debo saber cuántos de vosotros podréis alojar algún estudiante Erasmus en vuestros hogares.
Damián frenó en seco. Alumnas extranjeras... ¡qué exótico!
- ¡A mí dame cinco!- pidió.
El profesor sonrió.
- Bien: Kevin, Magumbo, Mogambo, Tolomolobo y Kitengue, entrad.
Cinco negracos grandes y fuertes como neveras oscuras entraron. Entre gritos desesperados, arrastraron a Damián fuera del aula y se lo llevaron a los baños.
A Damián le mancillaron el agujero,
por no especificar que quería porno hetero,
...y cuandosecansaronlosnegrossetrajeronauncarneroooooooo.
Damián Cifuentes era virgen. Había consagrado sus 21 años de edad al estudio y su formación profesional, relacionándose poco. Con vistas a sus exámenes, casi no salía de fiesta, así que las únicas chicas con las que se relacionaba pertenecían a la universidad, y él carecía de la labia necesaria para sacarlas de sus pupitres y llevarlas al catre.
Sacaba unas notas estupendas, pero a él lo que más le hubiera gustado en el mundo era... era... algo tan pervertido sólo se puede decir en argentino: “Ehte.... mojar el churro”.
Un día, tras masajear “al calvo” tres veces seguidas (como experimento fisiológico), salpicó sin querer una extraña lámpara que nunca antes había visto en su escritorio. Cuando recogió con papel higiénico sus minidamianes de la superficie, Margo, el genio cabrón, salió.
- Saludos amo. Soy Margo y te concederé un... un... ¿me has manchado la lámpara?
Damián, estupefacto, asintió aún con el papel en la mano. Margo apretó los puños.
- Venga machote, un deseo- siguió el genio en un tono mucho más brusco, casi amenazante.
Damián miró el papel un segundo.
- Deseo que mi vida sea como una película porno- contestó el muchacho.
Margo sonrió. Sonrió mucho. Fue una sonrisa afilada y cruel, la misma que esboza la guillotina cuando mira abajo y ve la nuca de su condenado. Muy mala muy mala.
- Deseo concedido... machote.
Margo dio cinco palmas con rabia, y tanto él como la lámpara desaparecieron. Damián quedó a solas con sus pervertidos pensamientos.
A la mañana siguiente, Damián no esperó a que sonara el despertador para levantarse. Se vistió raudo y bajó a desayunar como la orina en un incontinente. Aquel sería un buen día, debió pensar, antes de encontrarse al lechero desnudo en el sofá.
- Hola... cielín... ¿quieres... desayunar...?
Damián arrancó una galleta del estante y huyó de casa.
El chico corrió por las vacías calles hasta coger un autobús.
- A la universidad, por favor.
- Es un euro- respondió el conductor-. ¿A no ser que le importe compartir asiento con estas mises a las que llevo...?
Damián volcó la cartera sobre la mano del autobusero.
- ...miss travelos, muahahaha- añadió el hombre, recogido el dinero.
Damián se volvió para ver, efectivamente, todos los asientos ocupados por drack queens.
- ¡Nooooo!
Antes de que las puertas se cerraran, el chico logró escapar de la emboscada.
Damián llegó andando a la universidad igual de virgen, pero más tarde que nunca. Con vacilación entró en su clase. Cuan aliviado se sintió cuando encontró a todas sus compañeras a las que tanto había deseado vestidas con apenas unas transparentes telas.
Ya el chico se aproximaba voraz a una, cuando el profesor le interrumpió.
- ¡Sentaros! Como sabéis, hoy es el día de los intercambios... debo saber cuántos de vosotros podréis alojar algún estudiante Erasmus en vuestros hogares.
Damián frenó en seco. Alumnas extranjeras... ¡qué exótico!
- ¡A mí dame cinco!- pidió.
El profesor sonrió.
- Bien: Kevin, Magumbo, Mogambo, Tolomolobo y Kitengue, entrad.
Cinco negracos grandes y fuertes como neveras oscuras entraron. Entre gritos desesperados, arrastraron a Damián fuera del aula y se lo llevaron a los baños.
A Damián le mancillaron el agujero,
por no especificar que quería porno hetero,
...y cuandosecansaronlosnegrossetrajeronauncarneroooooooo.
jueves, 16 de junio de 2011
Margo, el genio cabrón III
Fermín Palomares era un sibarita: le gustaba fiestear con los colegas, los domingos de siesta, quemar rueda con su ferrari... Efectivamente, también tenía los medios para conseguirlo, brotando como lo había hecho en el seno de una familia rica, cual flor de jardín de un ganador de la lotería. Sí... Fermín lo tenía todo: salud, dinero y a Mindy.
Diana Mina, alias Mindy, era una preciosidad pelirroja de tez marfileña y cuerpo escultural, musa de catálogos de bañadores. Ella y Fermín vivían la vida sin ningún tipo de preocupaciones... salvo una. Y es que tanto Mindy como Fermín eran simpatizantes de “la marcha atrás”, más natural y peligroso que el sexo seguro. El hecho muchas veces traía de cabeza a Fermín, quien no preparado para afrontar una paternidad, se mordía las uñas entre marea roja y marea roja de su chica, pero el corazón de Mindy era débil para consumir la píldora anticonceptiva, y ninguno de los dos estaba dispuesto a prescindir de los placeres del roce íntimo.
Durante un retraso, Fermín ya buscaba material sobre abortos en la biblioteca pública, cuando encontró una lámpara dorada entre los libros. El chico la recogió y la frotó por si había genio. Ni en sus sueños habría imaginado que sí.
- Saludos, mi nombre es Margo y te concederé un deseo- dijo Margo, el genio cabrón.
Fermín no dudó un momento.
- Deseo no dejar embarazada nunca a Mindy.
Margo asintió, dio dos palmas y desapareció.
Fermín pensó que Margo habría de resolver sus problemas... cuando un andrajoso vagabundo salió de detrás de un estante.
- ¡Insensato! No sabes lo que has hecho... Ese, chico, era Margo, como bien han escuchado tus oídos. Y es muy cabrón, muy cabrón... Yo antes era un triunfador multimillonario que lo tenía todo en la vida. ¡Pero mírame! Le pedí que me lavara el coche y, no sé como, consiguió darle la vuelta a mi deseo para que perdiera mi empresa, mi mujer y mi casa... Mi coche quedó limpio, sí, ¡lo tuve que pulir yo mismo al venderlo para poder comer! Y si no me crees mira, míralo por ti mismo en la web...
Fermín corrió a verificar la triste historia. Accidentes de tráfico, mutilaciones y hasta una violación por parte de un cocodrilo en celo, internet estaba saturado con historias terribles de gente que afirmaba haber conocido a Margo.
Cuando hubo dado crédito, Fermín tuvo claro lo que el malvado genio se traía entre manos. Coquillas, hueveras, pañales, un cinturón de castidad y, por encima, unos calzoncillos reforzados. Si Margo quería mutilarle el pene, no le sería fácil. Para mayor seguridad, el chico huyó de la gran ciudad, lejos de todo aparato cortante o abrasivo, para ocultarse en una cueva cual ermitaño, sin más mobiliario que una mesa, una silla y un ordenador, con los que se enteraría de cada nuevo movimiento de su etéreo enemigo.
Los días pasaron sin celeridad y con aburrimiento: Fermín solo usaba el ordenador en busca de noticias; cuando era menester hacer de vientre, miccionaba en el pañal, de manera que el único momento del día en que quedaba desnudo eran los 10 segundos entre que se cambiaba la prenda; su único contacto humano eran los repartidores a quienes pedía comida, ropa o pañales...
Y así anduvieron las cosas hasta que una mañana, cuando vigilaba su correo, una triste noticia de su madre le conmocionó.
"Hijo querido, no sabemos si has terminado tu retiro espiritual, pero le ha sucedido algo terrible a Mindy. El otro día, yendo a por el pan, fue atropellada por un autobús de dos pisos que llevaba al equipo nacional de sumo. Mañana es el funeral.
Un abrazo."
Fermín pudo respirar tranquilo por fin. El genio ya había cumplido. Él no dejaría embarazada a Mindy. El chico se quitó la pesada protección y suspiró aliviado recostándose en su silla.
De repente, un sonido sibilante se oyó bajó la mesa. El chico pudo ver entre sus muslos como una serpiente bastante venenosa se preparaba para atacar.
La dentellaba a su miembro no fue nada tierna,
Fermín lamentó no haber cerrado las piernas.
Diana Mina, alias Mindy, era una preciosidad pelirroja de tez marfileña y cuerpo escultural, musa de catálogos de bañadores. Ella y Fermín vivían la vida sin ningún tipo de preocupaciones... salvo una. Y es que tanto Mindy como Fermín eran simpatizantes de “la marcha atrás”, más natural y peligroso que el sexo seguro. El hecho muchas veces traía de cabeza a Fermín, quien no preparado para afrontar una paternidad, se mordía las uñas entre marea roja y marea roja de su chica, pero el corazón de Mindy era débil para consumir la píldora anticonceptiva, y ninguno de los dos estaba dispuesto a prescindir de los placeres del roce íntimo.
Durante un retraso, Fermín ya buscaba material sobre abortos en la biblioteca pública, cuando encontró una lámpara dorada entre los libros. El chico la recogió y la frotó por si había genio. Ni en sus sueños habría imaginado que sí.
- Saludos, mi nombre es Margo y te concederé un deseo- dijo Margo, el genio cabrón.
Fermín no dudó un momento.
- Deseo no dejar embarazada nunca a Mindy.
Margo asintió, dio dos palmas y desapareció.
Fermín pensó que Margo habría de resolver sus problemas... cuando un andrajoso vagabundo salió de detrás de un estante.
- ¡Insensato! No sabes lo que has hecho... Ese, chico, era Margo, como bien han escuchado tus oídos. Y es muy cabrón, muy cabrón... Yo antes era un triunfador multimillonario que lo tenía todo en la vida. ¡Pero mírame! Le pedí que me lavara el coche y, no sé como, consiguió darle la vuelta a mi deseo para que perdiera mi empresa, mi mujer y mi casa... Mi coche quedó limpio, sí, ¡lo tuve que pulir yo mismo al venderlo para poder comer! Y si no me crees mira, míralo por ti mismo en la web...
Fermín corrió a verificar la triste historia. Accidentes de tráfico, mutilaciones y hasta una violación por parte de un cocodrilo en celo, internet estaba saturado con historias terribles de gente que afirmaba haber conocido a Margo.
Cuando hubo dado crédito, Fermín tuvo claro lo que el malvado genio se traía entre manos. Coquillas, hueveras, pañales, un cinturón de castidad y, por encima, unos calzoncillos reforzados. Si Margo quería mutilarle el pene, no le sería fácil. Para mayor seguridad, el chico huyó de la gran ciudad, lejos de todo aparato cortante o abrasivo, para ocultarse en una cueva cual ermitaño, sin más mobiliario que una mesa, una silla y un ordenador, con los que se enteraría de cada nuevo movimiento de su etéreo enemigo.
Los días pasaron sin celeridad y con aburrimiento: Fermín solo usaba el ordenador en busca de noticias; cuando era menester hacer de vientre, miccionaba en el pañal, de manera que el único momento del día en que quedaba desnudo eran los 10 segundos entre que se cambiaba la prenda; su único contacto humano eran los repartidores a quienes pedía comida, ropa o pañales...
Y así anduvieron las cosas hasta que una mañana, cuando vigilaba su correo, una triste noticia de su madre le conmocionó.
"Hijo querido, no sabemos si has terminado tu retiro espiritual, pero le ha sucedido algo terrible a Mindy. El otro día, yendo a por el pan, fue atropellada por un autobús de dos pisos que llevaba al equipo nacional de sumo. Mañana es el funeral.
Un abrazo."
Fermín pudo respirar tranquilo por fin. El genio ya había cumplido. Él no dejaría embarazada a Mindy. El chico se quitó la pesada protección y suspiró aliviado recostándose en su silla.
De repente, un sonido sibilante se oyó bajó la mesa. El chico pudo ver entre sus muslos como una serpiente bastante venenosa se preparaba para atacar.
La dentellaba a su miembro no fue nada tierna,
Fermín lamentó no haber cerrado las piernas.
sábado, 11 de junio de 2011
Notas de Inmuno
Señoritos y señoritas, guarden silencio porque les voy a poner las notas de inmunología, lo cual es muy importante que ustedes conozcan en su futuro como médicos. Ejem ejem:
Do, Re, Mi, Fa, Sol, Linfo, Ci, Tooooo. El To agudo.
Espacio ofrecido por chistes vácuos y estúpidos S.I. (ilimitada. Que se meta el que quiera).
Do, Re, Mi, Fa, Sol, Linfo, Ci, Tooooo. El To agudo.
Espacio ofrecido por chistes vácuos y estúpidos S.I. (ilimitada. Que se meta el que quiera).
miércoles, 8 de junio de 2011
Un buen linfollón
“Buenas tardes. Me llamo Henry, y esta es mi historia:
Al principio, yo era feliz. Durante mi tierna infancia como linfocito pro-T, todo era jolgorio y expansión clonal. Hasta que un día, todo cambió. Mis padres, orgullosa estirpe linfoide Tc, empezaron a notar cambios en mí: que si me distanciaba, que si era antisocial, que si no bebía suficiente IL-2, que si expresaba CD4... Hasta que al final, sucedió lo inevitable: maduré y me convertí en un linfocito T h2.
-¿Qué hemos hecho mal?- se quejaban mis células madre hematopoyéticas. Pero ya era tarde.
Pasé las pruebas de selección positiva con nota, y las de selección negativa con un 5 raspado (me encantan las secreciones del bazo), pero finalmente ingresé en la academia Timoty. Una vez allí, las cosas no fueron nada fáciles, pues me encontré con más de lo mismo: los brutos de las células Tc siempre se metían con las indefensas Th. Aún recuerdo el día de mis novatadas: un grupo de Tc nos acorraló en la corteza mientras nos acribillaban con ligandos.
-¡Os estáis pasando!- grité para defenderme, justo antes de que uno de ellos me acertara con un Fas-l en la cara.
-¡FAS, en toda la boca!- rieron ellas.
Hasta las células Th1 abusaban de nosotros avisando a los macrófagos. Un día nos llenaron la cama de secreciones lipofóbicas y toda la sección tuvo que dormir en el pasillo.
Sí, realmente fue una etapa traumática y, pienso que no habría sido capaz de superarla de no haber contado con el apoyo de Harold, mi mejor amigo, el cual estaba en mi misma situación.
-Oye, ¿sabes ya a qué antígeno eres afín?- recuerdo solía preguntarle.
-No. Ya se verá. ¿Nos echamos un rolling?
-¿Qué dices? Eso es de neutrófilos...
-¿Vas a hacer siempre lo que las quimiocinormas digan?
-Te vas a enterar...¡Rolling!
TIRORIRORIRORIRORÍN.
Realmente, Harold me dio mucha confianza en mí mismo...Una noche, los dos estábamos dándonos un garbeo por los suburbios de vénulas de endotelio alto, cuando nos encontramos con ella: era esbelta, morena e isotónica.
-Tío Harold, mira ese linfocito B... ¡menudo MHC IIazo tiene!
-¿Por qué no vas a decirle algo?
-¿Yo? ¿Estás loco? Sólo hay una posibilidad entre 10 elevado a 6 de que...
-Si no lo intentas, no encontrarás tu receptor de antígeno ideal nunca. ¿Quieres ser eternamente naivirgen?
Antes, el Doctor Carrol ( DC entre nosotros) me había explicado que me veía cara de afinidad por la lepra lepromatosa, pero yo no se lo había contado a nadie. Me daba vergüenza.
Al final, hice caso a mi amigo y fui a decirle algo a aquel linfocito B.
-Hola guapa, ¿cómo te llamas?
La célula me chequeó de arriba abajo.
-Piérdete...
- ¡Lepra lepromatosa!- dije, sin pensar.
Entonces, su expresión cambió.
-...soy Bella.
-Hola Bella. Yo me llamo Henry. Te invito a un trago. ¡Camarero! Dos vasos de interleucina 5...
Y desde aquel momento, algo pasó. Teníamos filling, nos entendíamos a la perfección, había química... Estuvimos hablando toda la noche, menos un momento en que la dejé con Harold, pues tuve que ir al baño para exocitar unos deshechos. Todo iba bien, y al final acabamos en mi residencia. La noche perfecta...
A la semana, me enteré de que Bella iba a secretar inmunoglobulinas. Yo estaba tan ilusionado como lo estaría un padre primerizo, así que fui a verla de inmediato. Mas cual fue mi sorpresa y mi decepción cuando llegué.
-Pero... cariño, estas cadenas pesadas son gamma... ¡y yo te estimulé para IgA!
-Ya pero... ¿recuerdas cuando me dejaste a solas con Harold? Pues pasó algo: hubo miradas, él me lanzó interferones y...
-¡Nooooo!”
-...y eso es todo, doctor. Dígame, ¿qué hago? Ya no tengo fuerzas para seguir, ni humor... no me considero inmunocompetente.
-Bien, veamos Henry. No se tome a mal lo que le voy a decir. Es sólo una sugerencia pero... ¿ha pensado usted en la apoptosis?
-...¿no hablará en serio, doctor NK?
- Piénselo. Hay muchas células que lo practican...
Henry miró al linfocito natural killer con furia.
- ...¿no?
- Doctor, hemos terminado.
- Perforíneme el atrevimiento...
- No pasa nada. Gracias.
- Granzimas a usted.
- ...
Henry salió de la consulta y pseudocaminó a solas por los tejidos linfoides. Estaba harto, cansado, hasta la mismísima linfopoyesis... Bien pensado, la proposición del doctor NK no era tan descabellada. El linfocito se escondió en un rincón alejado y, cuando nadie miraba, se colgó de sus caspasas. Al instante, 3 macrófagos se abalanzaron sobre sus restos y no quedó nada.
Al principio, yo era feliz. Durante mi tierna infancia como linfocito pro-T, todo era jolgorio y expansión clonal. Hasta que un día, todo cambió. Mis padres, orgullosa estirpe linfoide Tc, empezaron a notar cambios en mí: que si me distanciaba, que si era antisocial, que si no bebía suficiente IL-2, que si expresaba CD4... Hasta que al final, sucedió lo inevitable: maduré y me convertí en un linfocito T h2.
-¿Qué hemos hecho mal?- se quejaban mis células madre hematopoyéticas. Pero ya era tarde.
Pasé las pruebas de selección positiva con nota, y las de selección negativa con un 5 raspado (me encantan las secreciones del bazo), pero finalmente ingresé en la academia Timoty. Una vez allí, las cosas no fueron nada fáciles, pues me encontré con más de lo mismo: los brutos de las células Tc siempre se metían con las indefensas Th. Aún recuerdo el día de mis novatadas: un grupo de Tc nos acorraló en la corteza mientras nos acribillaban con ligandos.
-¡Os estáis pasando!- grité para defenderme, justo antes de que uno de ellos me acertara con un Fas-l en la cara.
-¡FAS, en toda la boca!- rieron ellas.
Hasta las células Th1 abusaban de nosotros avisando a los macrófagos. Un día nos llenaron la cama de secreciones lipofóbicas y toda la sección tuvo que dormir en el pasillo.
Sí, realmente fue una etapa traumática y, pienso que no habría sido capaz de superarla de no haber contado con el apoyo de Harold, mi mejor amigo, el cual estaba en mi misma situación.
-Oye, ¿sabes ya a qué antígeno eres afín?- recuerdo solía preguntarle.
-No. Ya se verá. ¿Nos echamos un rolling?
-¿Qué dices? Eso es de neutrófilos...
-¿Vas a hacer siempre lo que las quimiocinormas digan?
-Te vas a enterar...¡Rolling!
TIRORIRORIRORIRORÍN.
Realmente, Harold me dio mucha confianza en mí mismo...Una noche, los dos estábamos dándonos un garbeo por los suburbios de vénulas de endotelio alto, cuando nos encontramos con ella: era esbelta, morena e isotónica.
-Tío Harold, mira ese linfocito B... ¡menudo MHC IIazo tiene!
-¿Por qué no vas a decirle algo?
-¿Yo? ¿Estás loco? Sólo hay una posibilidad entre 10 elevado a 6 de que...
-Si no lo intentas, no encontrarás tu receptor de antígeno ideal nunca. ¿Quieres ser eternamente naivirgen?
Antes, el Doctor Carrol ( DC entre nosotros) me había explicado que me veía cara de afinidad por la lepra lepromatosa, pero yo no se lo había contado a nadie. Me daba vergüenza.
Al final, hice caso a mi amigo y fui a decirle algo a aquel linfocito B.
-Hola guapa, ¿cómo te llamas?
La célula me chequeó de arriba abajo.
-Piérdete...
- ¡Lepra lepromatosa!- dije, sin pensar.
Entonces, su expresión cambió.
-...soy Bella.
-Hola Bella. Yo me llamo Henry. Te invito a un trago. ¡Camarero! Dos vasos de interleucina 5...
Y desde aquel momento, algo pasó. Teníamos filling, nos entendíamos a la perfección, había química... Estuvimos hablando toda la noche, menos un momento en que la dejé con Harold, pues tuve que ir al baño para exocitar unos deshechos. Todo iba bien, y al final acabamos en mi residencia. La noche perfecta...
A la semana, me enteré de que Bella iba a secretar inmunoglobulinas. Yo estaba tan ilusionado como lo estaría un padre primerizo, así que fui a verla de inmediato. Mas cual fue mi sorpresa y mi decepción cuando llegué.
-Pero... cariño, estas cadenas pesadas son gamma... ¡y yo te estimulé para IgA!
-Ya pero... ¿recuerdas cuando me dejaste a solas con Harold? Pues pasó algo: hubo miradas, él me lanzó interferones y...
-¡Nooooo!”
-...y eso es todo, doctor. Dígame, ¿qué hago? Ya no tengo fuerzas para seguir, ni humor... no me considero inmunocompetente.
-Bien, veamos Henry. No se tome a mal lo que le voy a decir. Es sólo una sugerencia pero... ¿ha pensado usted en la apoptosis?
-...¿no hablará en serio, doctor NK?
- Piénselo. Hay muchas células que lo practican...
Henry miró al linfocito natural killer con furia.
- ...¿no?
- Doctor, hemos terminado.
- Perforíneme el atrevimiento...
- No pasa nada. Gracias.
- Granzimas a usted.
- ...
Henry salió de la consulta y pseudocaminó a solas por los tejidos linfoides. Estaba harto, cansado, hasta la mismísima linfopoyesis... Bien pensado, la proposición del doctor NK no era tan descabellada. El linfocito se escondió en un rincón alejado y, cuando nadie miraba, se colgó de sus caspasas. Al instante, 3 macrófagos se abalanzaron sobre sus restos y no quedó nada.
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